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... pero tenemos patria

 
La expresión "... pero tenemos patria", despierta una especie de repulsión automática por parte de quienes adversan u odian automáticamente todo lo que provenga del lado político que la difundió, pero ¿que es "tener patria"?, o mejor dicho ¿que es patria?, bueno...
 
Llegar a una arepera y pedir una de reina pepiada, un guayoyo y un 3 en 1, eso es patria.
 
Contar el número de puentes y fines de semana largo que tiene el año, eso es patria.
 
Decir "vamos a tomarnos una" y saber que viene una larga velada de cervezas y conversación, eso es patria.
 
El olor de la hallaca, el pernil y el pan de jamón en diciembre, eso es patria.
 
Decirle "fino" a lo chévere o chimbo a lo "balurdo", eso es patria.
 
El chalequeo (que de por si es patria) que se montan entre si magallaneros y caraquistas en la temporada de beisbol, eso es patria.
 
Las fiestas de joropo tuyero que de los Valles del Tuy también se hacen semanalmente en sectores populares de Caracas, eso es patria.
 
Quejarse de lo caras que están las cosas y viajar dos o tres veces al año (incluyendo al menos un viaje fuera del país), eso es patria.
 
Conocerse al detalle las nuevas marcas de carros y los últimos lanzamientos de teléfonos inteligentes, pero no saber lo que es un malembe, eso es patria.
 
Un cuatro charrasqueado para acompañar merengues, guasas, golpes, gaitas, danzas, pasajes, valses, boleros, fulías, puntos, jotas, galerones, calipsos, polos..., eso es patria.
 
Las fiestas de San Juan, de San Antonio, de San Pedro, de San Benito, de San Pascual Bailón, de San José, de la Cruz de Mayo, del Niño Jesús, de los Santos Inocentes...eso es patria.
 
Nuestra arena de médanos y de infinitas playas, las nieves merideñas, los tepuyes, el agua azúl, los ríos, el amazonas, el orinoco, el waraira repano..., eso es patria.
 
La informal cordialidad de nuestras panaderías y cafeterías comentando "la prensa", eso es patria.
 
Los viejitos que salen a hablar, jugar ajedrez o dominó o chismear en Chacao, en el centro de Caracas, en Colinas de Bello Monte, en cualquier pueblo de la patria.
 
Esos mismos viejitos y viejitas recibiendo a sus nietos y nietas para regalarle dulces y hablarles de cosas antiguas, eso es patria.
 
Esos músicos, deportistas y profesionales impresionantes que nacidos acá, son admirados en todo el planeta, eso es patria.
 
Nuestra alegría cotidiana, el hacer chistes "pese a todo", la capacidad de reírnos de nosotros mismos, eso es patria.
 
Los cachitos, las panelitas, los besitos de coco, los golfeados, los torontos, los cocosettes, el arroz con leche, el dulce de lechosa, eso es patria.
 
El dependiente que te maltrata, el mesonero maleducado, el encargado que no te atiende, la cajera que no te dice las cosas completas, el que se colea, el hombrillero, los motorizados, eso es patria.
 
Los "vivos", los que "dañan la vaina", los "tracaleros", los que se echan "las bolas al hombro", los "abusadores", si, esos también son patria.
 
Los ñángaros, los come-candela, los sifrinos, los tierrúos, los comegato, los comeflor, los Yoldan, los hijos de papi, los "cara de choro", los cerebritos, los surfistas, los pegaos, los pavitos, los roqueros, esos también son patria.
 
La chamba, la echadera de carro, la echadera de perros, los cachos, el cable pelao, el juju, la rochela, la guachafita, echarle bolas, echarle pichón, esmollejarse, todo eso es patria.
 
Nuestro hablar cantarino, nuestro tumbao al caminar y bailar, nuestro saludo caluroso, nuestro apretón de manos, nuestra identidad única en el mundo, eso es patria.
 
Encontrar el amor en esta tierra y hacerlo florecer, eso es patria.
 
Son tantas y tantas cosas que son patria. Lo bueno, lo hermoso, lo maravilloso, pero también lo malo, lo que hay que rescatar, lo que hay que cambiar, por lo que hay que luchar. Todo eso es la patria que tenemos, porque, aunque te pongas bravo o brava, tenemos patria, es nuestra y está en nuestras manos.
 

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Semananza




Y aquí estamos, por lunésima vez. Entretejiendo retazos, entrecruzando dedos y palabras. Entreteniendo el estómago, entregando el alma. Entremés.

Martesidos, conmovidos, removidos. Damos un paso y luego otro, el segundo suele ser el más atrevido, el más complicado. Repetido. Luego del segundo, el minuto, más tarde la hora, la fecha, el encabezado.

Miercolanzas de sentires se van y regresan, se enredan en la mata adusta del cabello seco, amargo de medianidad. Hay pensares que crecen, también pesares que se amañan, avatares que lo dicen todo, malabares con adivinanzas. Malestares.

Nos preocupa la juevesidad, la idea libre de quien nos lee, nos oye, nos palpa, nos degusta, nos critica, nos masca y nos escupe. No nos traga. Nos juzga sin peluca ni martillo, nos tacha, nos remacha, nos despacha sin miramientos, sin mirares, sin miradas, sin ver, sin hacer el bien.

No nos conviernes el olvido, escrito en hojas de mango, con sabor a hilacha entre dientes, oliendo a brisa esquinera, con tersura de mantel de pulpería, a cuadros, como el ajedrez aquel de emociones que entre blanco y negro siempre enmarca la infancia. Enroque corto, llanto largo.

Sábadoramos el sueño, la sábana escurridiza, entre pieles, rodillas, almohadas y cobijas. La flojera se pasea entre las sillas, apartando tareas, invitando a la risa, leyendo una revista al revés, copiando chistes, entrecerrando los ojos, añorando saber telequinesis. Televisivos.

Domingozado y pequeño, siempre pequeño. Recortado de planes, los almuerzos, la ropa que me voy a poner, las citas de la semana, los ensayos. Lo que viene. ¿Es lo que conviene? Unos a misa, otros al parque, con prisa, todos se persignan y se resignan 

porque luego de la noche de los vivos vendrá el día, por lunésima vez

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Escribiendo sobre política: 7 de octubre




Ganó Chávez. Reelegido por tercera vez para un nuevo período de 6 años en la presidencia de la República Bolivariana de Venezuela cuya bandera es tricolor y tiene 8 estrellas. El riesgo de esto ya lo advertí antes: estancarse. Refocilarse aún más en el poder con el convencimiento de que lo que se ha venido haciendo hasta ahora, incluyendo las grandes fallas estructurales, ideológicas y políticas, está bien, está chévere, está perfecto y por lo tanto no requiere de ajustes ni correcciones que todos sabemos son URGENTES y necesarias para que el país pueda realmente enrumbarse con seguridad hacia un mayor nivel en todos los sentidos. De lo contrario esto sólo será correr una arruga disfrazada de revolución.

Hablo de burocracia, de mafias, de corrupción, de abuso, de elitismo, de improvisación, de violencia, de ineficacia y de maniqueísmo. Mientras esas cosas sigan allí el ganar o perder elecciones no nos salvará de sus consecuencias.

Capriles no ganó. Es que los altos mandos de la oposición y del antichavismo sabían hace meses que no ganaría. A pesar de estar en campaña para la presidencia desde finales del 2011 y de ganar unas elecciones primarias organizadas y avaladas por el CNE (cuyos cuadernos electorales fueron quemados apenas horas después por parte de la misma oposición en prevención de cualquier impugnación interna), de hacer un formidable esfuerzo físico por recorrer gran parte del país apoyado por buenas tomas y fotos cerradas, difundidas por medios de comunicación tradicionalmente antichavistas, así como por una buena coordinación logística para llevar personas de otros lugares para esos recorridos, ya la dirigencia y los financistas sabían que este viejo-nuevo candidato no iba a poder ganarle a la maquinaria chavista.

Le pasó factura el pesado fardo en su espalda de su participación pública y notoria en el golpe de estado del 2002, su mala gestión como gobernador del Estado Miranda, el origen dudoso de sus primeros pasos políticos, la evasión de responsabilidad en cosas como la publicación vía twitter de un documento falso, la negación de un plan de gobierno con medidas profundamente anti-populares para el cual había firmado previamente su aprobación y acatamiento, el caso del diputado Caldera (todavía activo y con todas sus funciones intactas dentro del partido Primero Justicia) recibiendo dinero en efectivo de procedencia desconocida para financiar su campaña, un discurso ambiguo, promesas disparatadas y la fama de violencia antichavista en sus concentraciones, expresada a través de golpes o insultos mientras se pregonaba una supuesta unidad y reconciliación.

El motor del voto antichavista (el caprilismo es un fenómeno descartado) fue el rechazo de siempre hacia la figura de Chávez, su estilo, su lenguaje, su imagen y el nefasto accionar de muchos personajes de su equipo. Con mucho asidero en realidades pero también mucho convencimiento fruto de azuzamientos mediáticos y falsas premisas viralizadas (bodrios)

El chavismo cerró filas para volver a elegir a Chávez pero lo hizo con profundas críticas a lo que ha sido la llamada “Revolución” durante 14 años y a sus frutos. Muchas deudas están todavía pendientes para con ese sector del país que prefiere tenerlo de presidente a él pero también desea fervientemente que lo de la “nueva sociedad” sea una realidad concreta y no sólo planes, mercadeo y discursos.

El gran motor del voto chavista fue el temor a la cacería de cabezas que se desataría en todos los rincones del país en caso de presentarse, en este momento, un triunfo del antichavismo. La andanada de insultos que se desató y todavía anda desatada en todas las redes sociales y en la calle, descalificando a toda persona que haya votado por Chávez o que haya decidido abstenerse, demuestran que esa violencia post-electoral y persecución despiadada que temió buena parte del chavismo, era algo perfectamente factible.

En efecto los movió el miedo, el miedo a ustedes” le dijeron a un gran amigo que milita en el lado opositor cuando explicaba su propia teoría sobre el voto “miedoso”.

El reto es desmontar ese miedo pero para ello hay que desactivar la amenaza, lo cual pasa por eliminar el discurso divisionista de todos los factores políticos, pero sobre todo de los factores mediáticos. Acercar a unos y otros manejando responsablemente la verdad y no tan irresponsablemente la mentira.

Ayudar a entender que el enemigo son los problemas, la desunión y el egoísmo y que todos los venezolanos somos iguales y queremos, en el fondo, exactamente lo mismo: Paz y Progreso. 


Imagen de BienDateao

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Prendas



 
El lunes me puse la gorra de los Leones del Caracas, salí a la calle, la panadería, el Metro y sólo fui un caraquista más, casi desapercibido en la multitud caraqueña.

El martes decidí ponerme la gorra tricolor con las ocho estrellas y en una calle unos me vieron sonreídos, me dijeron que “les gustaba”, me aplaudieron, me abrazaron. En la siguiente cuadra otros me vieron con sospecha, me despreciaron, se burlaron de mí, me llamaron vende patria.

El miércoles me puse la gorra de los Navegantes del Magallanes, fui a dar una vuelta, algunos caraquistas vecinos me vieron raro por cambiar de equipo tan repentinamente, pero para el resto de la gente no fui más que un magallanero caminando por ahí.

El jueves me puse la gorra roja con una estrella enfrente, al cruzar la avenida unos me llamaron camarada, me dieron palmadas en la espalda, me sonrieron, me tiraron besos. Al llegar a la acera otros me vieron con asco, se burlaron, me despreciaron sin conocerme, me llamaron marginal.

El viernes salí sin vestirme para el abasto, pero entonces la gente huyó corriendo por encontrarse con mis desnudeces sin telas de colores, sin bordados, sin la estupidez humana que le confiere propiedades a la ropa, al símbolo, sin tomar en cuenta a la persona. 

El sábado no salí de casa. Me puse a ver por televisión gente que salía vestida con gorras del Caracas, del Magallanes, Tricolores o Rojas. Pero también salía gente sin gorras de equipos, sin colores de gorras, sin símbolo político. Me asombraron.

El domingo me puse una gorra genérica, toda mi ropa genérica, y salí a la calle a caminar lo más lejos posible y sólo fui un venezolano más, con las mismas ideas de siempre, los mismos amores, las mismas querellas. Conocidas para los míos, mis amigos, mis afectos, pero desconocidas para todos esos que, cuando usé ropa de un color u otro, creyeron saber quién era yo y pretendieron quererme u odiarme.

Mi mayor admiración siempre hacia quienes, teniendo una firme preferencia política, no necesitan prendas ni símbolos para demostrarla.

Que no te obligues a usar una prenda de vestir determinada para sentirte aceptado y además aceptar a otros, es algo digno de admirar.

Que no te sientas obligado a quitártela para no recibir, abierta o soterradamente,  el rechazo, sería aún mucho más maravilloso.

Lo que demuestra son las ideas, las actitudes, el respeto y los argumentos. No es la ropa, ni el símbolo.

La decisión es tuya.

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Escribiendo sobre política: riesgos electorales


Estos son los riesgos que corremos en las elecciones presidenciales del próximo 7 de octubre de 2012:

De ganar Capriles eso significaría  un importante retroceso para el país. Sin duda el plan de quienes promueven y pagan esta candidatura es el de retomar lo que estaba sucediendo aquí hasta 1998, en términos económicos, políticos y sociales. Contarían para ello con el apoyo facturado de los medios de comunicación, los cuales manejarían, con su acostumbrada habilidad, un coco perfecto para asustar a la oposición: aquel de que en el chavismo “todo era peor”. Con eso nos venderían cualquier pacotilla política y tendríamos que aceptarla por aquello de que “con Chávez todo era tan terrible” y por lo tanto cualquier mediocridad se venderá como algo chévere. Bastaría con que los medios de comunicación dejen de cubrir tan minuciosamente, como lo hacen hoy en día, los sucesos violentos, para que la sensación de inseguridad disminuya notoriamente y buena parte de la gente se convenza de que entonces se vive con mayor seguridad personal. Se impondría, sin mayor obstáculo, la intocabilidad de la empresa privada, de los medios de comunicación y de los grandes cacaos, con todo lo que eso ha significado tradicionalmente en términos de atropello a los derechos humanos, transculturización y explotación así como desde el punto de vista de la corrupción y la especulación. Se percibiría como “aceptable” la persecución de personajes identificados con el chavismo a quienes los titulares de prensa se encargarían de tildar de monstruos, comegentes y terroristas. El regreso de RCTV, oferta concreta de Capriles, y de toda su programación de pacotilla, sería el mayor símbolo del retroceso que sufriríamos en estas tierras desde todo punto de vista.

De ganar Chávez eso significaría un peligroso estancamiento para el país. El encontrarse con que han sido reafirmados en el poder, luego de 14 largos años, sería entendido por muchos funcionarios malos, mediocres o corruptos que hacen vida bajo la etiqueta del chavismo, como una señal de que lo que están haciendo está bien y por lo tanto no necesita ser cambiado. Es el riesgo de permanecer demasiado tiempo mandando: te convences de que todo lo que haces es maravilloso. Muchos temas críticos no atendidos o mal manejados seguirían archivados en la bandeja de “Por hacer” por la comodidad de dejar las cosas como están que trae aparejada el atornillamiento en el poder. Eso incluye inseguridad, vialidad y activación económica sustentable. Quedarían montones de planes y proyectos sin completar por la auto complacencia política de ser “invencibles”. El factor clave seguiría siendo la desarticulación, que es lo que ha caracterizado a casi todas las iniciativas públicas: se improvisa, se ejecuta sin concatenación ni planificación, no se hace seguimiento ni contraloría y entonces el resultado contiene demasiadas fallas o no tiene permanencia en el tiempo. A ello se seguiría sumando la persecución a los funcionarios que deseen ser firmes y correctos en su trabajo, por enfrentarse a los vicios de la administración pública y de las contrataciones, tachados de “contrarrevolucionarios” o de corruptos sólo por querer hacer las cosas bien y honestamente. Ese maniqueísmo a ultranza seguiría favoreciendo la corrupción, la corrupción seguiría favoreciendo a las mafias y las mafias seguirían incrementando la violencia criminal, debido al sicariato y al sumamente rentable negocio de la venta de armas y drogas. Hay que decir la verdad: eso sigue allí inamovible.

Elegiremos entre dos grandes riesgos: retroceder o estancarnos. A menos que suceda el milagro, deseado por todos, de que nuestros políticos y empresarios dejen de comportarse y actuar como siempre lo han hecho desde que en estas tierras existe algo llamado “democracia”.

¿Será?

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Amuay sangra



La suerte de los golpistas que pararon a PDVSA en el año 2002 fue que no explotó el Complejo Refinador Paraguaná. No sangró Amuay en ese entonces, ni ninguna otra instalación petrolera o gasífera de las paradas o saboteadas. Entonces todo el impacto de su empeño de intentar aniquilar a un país por el capricho de salir de Chávez a través de un atajo no político no fue tan notorio… para algunos.

Estar al borde del caos no es lo mismo que definitivamente caer en el mismo. Los medios de comunicación, entonces y ahora al servicio de ese golpismo criminal, lo saben muy bien y han procurado a lo largo de los años minimizar las pérdidas millonarias de ese acto, así como los altísimos riesgos que se corrieron acá por el abandono de puestos claves y los sabotajes, comprobados, a instalaciones críticas de la industria.

No hubo explosión, ergo, magia mediática, son unos héroes y tienen derecho a opinión y réplica diez años más tarde. Como si nada.

Tragedias como la de Tacoa en 1982  o la de Tejerías en 1993, sí produjeron entre ambas explosiones y muerte (más de 200 fallecidos según las cifras oficiales del momento) y fueron manejadas malamente por las empresas del Estado de  entonces: Lagoven y Corpoven filiales de PDVSA, las empresas privadas, en esa época: Electricidad de Caracas y CANTV y una empresa española: Abengoa. Al igual que ahora, la prensa de aquellos días inventó (con ayuda de sus “fuentes”) muchas versiones sobre las causas y responsables de estos terribles eventos. Sólo aquella PDVSA recibió algún tipo de indemnización por lo de Tejerías. Los dos centenares de muertos quedaron impunes y sus familiares nunca recibieron ni siquiera el consuelo de ver detenidos y presos a los responsables por sus difuntos. Ni hablar de los heridos o de quienes perdieron sus casas.

Era la “cuarta república”.

Ahora vuelve a enlutarnos un accidente grave de una instalación relacionada con el petróleo. El petróleo nos mata lentamente desde siempre pero en ocasiones lo hace a máxima velocidad. Como ahora. 

Esta PDVSA ya no es privada y se hace llamar “revolucionaria”, pero su empeño purista en cuanto a las preferencias políticas de muchos de sus cuadros hace que se pierda en el camino mucho conocimiento y pericia para el manejo, desde las labores más críticas de extracción, transporte y almacenamiento, hasta las tareas agua abajo menos peligrosas como las de mercadeo, compras, planificación y ejecución de proyectos. Hay que aceptarlo. Hay que corregirlo. 

En Amuay, apostando a una soberanía de pensamiento y tecnología que todavía no existe, se apartaron por “imperialistas” importantes asesorías en materia de seguridad, mantenimiento preventivo y correctivo, por nombrar sólo algunas. Reconozcámoslo: si de algo carecen TODAS las empresas de nuestro país es de cultura preventiva, rigurosidad planificadora y mantenimiento de estructuras, tanto físicas como procedimentales. No la había antes y no la hay ahora tampoco. En lugar de “apagar incendios” antes de que se produzcan se prefiere el vaporón de la corredera cuando ya las llamas destruyen instalaciones y vidas. Valga esta afirmación literalmente y también cómo metáfora.

Pero estamos en la “quinta república“

Si hay una oportunidad de oro para demostrar que este país es diferente al anterior es esta. Exigimos conocer quiénes son los responsables por este dolor que sacude a Falcón y a Venezuela, a mi amada Paraguaná, y exigimos que los pongan presos. Castigo ejemplar, sean quienes sean. Es la única forma de convencernos, de ahora en adelante, de que aquí las cosas son distintas. No dejen que la prensa carroñera de siempre y los políticos mal intencionados sean quienes impongan su versión de su verdad.

Pongan presos a los responsables directos e indirectos. En las plantas refinadoras no hay espacio para los “eventos fortuitos” y todos lo sabemos. Los protocolos de seguridad contemplan factores de seguridad elevadísimos en este tipo de instalaciones. Mayores aún si se encuentran cerca de urbanismos. Algo pasó allí que JAMÁS debe volver a suceder.

Amuay sangra y esa sangre no se devuelve, pero al menos retornen algo de credibilidad en nuestra industria y en nuestra justicia no permitiendo ningún tipo de impunidad en este caso ni, de ahora en adelante, en ningún caso de desidia, corrupción o abuso que suceda en nuestras tierras.

Es su deber. Mandato de este pueblo.

Foto de Alejandra Domínguez